Deslizo mis dedos sobre los lomos gastados que me rodean. El aroma a humedad, papel y tinta me envuelve, provocándome una sonrisa casi imperceptible. No debería estar aquí, ni a estas horas, ni mucho menos en este preciso instante. Esta vez, no estoy entre lo que más amo por afición. Pero sé que estoy cerca, muy cerca, de encontrar la respuesta que tanto busco.
Las horas se desvanecen con la cera de mi vela; la llama está casi extinta. Pero lo encuentro. Por fin. Justo donde siempre ha estado, esperando ser leído. Ese tomo olvidado en una estantería más vieja que el tiempo.
Mis manos tiemblan cuando empiezo a escribir la carta. Dioses, ojalá ella estuviera aquí, pero hace semanas que no la veo y necesito que este mensaje le llegue. Debe saber la verdad. La necesita. Incluso más que yo.
Doblo la carta y la guardo dentro de mi diario sin siquiera esperar a que la tinta se seque. Puede que algunas frases se borren, pero no importa. Estoy segura de que no la voy a necesitar. Lo que hay escrito aquí se lo diré yo misma.
Dejo de nuevo el tomo en su sitio. Si nadie lo ha encontrado hasta ahora, dudo mucho que se vaya a perder. Y este es el lugar más seguro que puede haber para guardarlo. Esta ala de la biblioteca no aparece en los mapas.
Salgo de allí con mi diario bajo el brazo cuando lo noto. Un dolor punzante en el abdomen. Llevo mi mano hasta él, al bulto que es ahora y lo acaricio.
—Ya está, ya salimos de aquí —le hablo a esa vida que crece dentro de mí mientras me dirijo de nuevo hacia casa.
Sin embargo, el dolor no se va. No… ahora no. No puede ser el momento. Las contracciones empiezan a ser más fuertes y constantes. Mierda… No es la hora. No es el momento de que nazca. Es demasiado pronto. Aún tengo cosas por terminar.
Pero, para mi desgracia, los nacimientos no se rigen a los horarios que deseamos.
Empujo la puerta temblando, la frente perlada en sudor. Un chillido nace en mi interior y no lo contengo. Al mirar al frente, lo veo: el culpable de mi sufrimiento. Vale, exagero… lo amo. Pero el dolor de las contracciones me nubla el juicio. No entiendo lo que dice. Solo sé que me arrastra hacia una cama cercana.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Solo sé que he gritado como nunca, empujando con cada fibra de mi cuerpo para traerlo al mundo. Ese rayo de luz y esperanza que tanto hemos esperado.
Y entonces, lo escucho. Su llanto. Fuerte. Vivo. Es lo más hermoso que he oído en mi vida.
El cansancio me arrastra. La sangre corre por mis piernas junto al sudor, caliente, espeso. Apenas soy consciente del momento en que me la dejan sobre el pecho.
Mi mano tiembla al acariciar su pequeña mejilla sonrosada. Nuestro milagro. Ahí está. Tranquila, sobre mí.
Me pesan los párpados. No puedo evitar cerrarlos. Pero antes de irme, lo busco con la mirada. Al amor de mi vida. Le sonrío, débilmente.
—Cuídala bien —susurro.
¿He vuelto a abrir los ojos? No lo sé.
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